Desigualdad

Las desigualdades económicas se justifican sobre la base de las “reglas del juego” del mercado. Si hay quien descubre un filón, un producto, un modo de hacer dinero es justo que se quede con el producto de su talento o de su suerte. No tiene porqué repartir nada con los demás siempre que se atenga al código de la oferta y la demanda que nace del libre comercio entre compradores y vendedores.
Si aceptamos que las posibilidades que la tierra tiene para alimentar y dotar a su población de los medios de subsistencia son muy superiores a las necesidades de esa población deberemos concluir que el verdadero problema no es la falta de recursos sino la justa retribución del trabajo.
Es de necios, decía Antonio Machado, confundir valor y precio. Desgraciadamente, me temo, que no hemos aprendido la lección y estamos enredados entre la injusta distribución de las oportunidades de acceso al trabajo, su retribución nada equitativa y las fragantes violaciones del derecho a la formación, a la educación e incluso a la información de millones de jóvenes que no pueden prepararse no ya para competir en el mercado del trabajo, sino que ni siquiera pueden acceder a el.

Como si se tratara de una maldición bíblica millones de seres humanos son despojados de sus derechos más sagrados por el “pecado original” de nacer entre los pobre de la tierra.
Esta desigualdad en el origen es la más injusta y la mas terrible de las condenas porque engloba todas las demás desigualdades y las hace innecesarias. Si al condenado se le niega el aire ya no puede reclamar el alimento, ni la bebida.

Si a un atleta se le imposibilita tomar parte en las pruebas de competición nunca podrá saber en que puesto podía quedar. Lo terrible es que en este asunto de las desigualdades entre los ricos y los pobres se llega a decir que los atletas que no compiten es porque no tienen capacidad ni desean hacerlo.

Podemos preguntarnos si Gates hubiera nacido en una aldea de la África subsahariana hubiera podido ser lo que es y podemos pensar legítimamente que jamás alcanzaría el lugar que hoy ocupa. Su talento quedaría inédito y nadie sabría de él. Como no conocemos a muchos genios posibles porque no participan en la competición.
Su aportación al progreso, su capacidad para crear valor se ha ido por el sumidero de un sistema que no sabe aprovechar las capacidades de millones porque está ensimismado en preservar los privilegios de unos pocos desaprensivos que han acaparado el poder de decidir el reparto de los bienes de la tierra.
La naturaleza es tan poderosa que produce todos los bienes que la población necesita, no solo para que la humanidad sobreviva, sino que su generosidad da como para que viva con holgura. Pero la naturaleza no es capaz de llenar las ansias infinitas de la codicia.
La pobreza no es algo natural, es más, la naturaleza el mundo que habitamos tiene recursos de sobra para alimentar a una población 4 veces superior a la actual. Nos imponemos una ética de la necesidad cuando es posible la ética de la abundancia.

This entry was posted in ARTICLES and tagged , , . Bookmark the permalink.

Leave a Reply

Your email address will not be published.