El imperativo del beneficio

Posiblemente todos hemos tenido la experiencia gratificante de haber colaborado en un grupo de personas que ha funcionado estupendamente. Tal vez no en la empresa, pero si en el deporte, en la familia, en la sociedad, etc. Generalmente son momentos que se recuerdan con satisfacción, no sólo por el ambiente vivido sino también por los resultados alcanzados. Durante nuestra vida hay infinidad de actividades sociales que son altamente eficaces sin dejar de ser alegres.

Si analizamos las causas del éxito de estos equipos apreciamos que los miembros mantienen un compromiso con su satisfacción personal (denominaríamos como crecimiento personal si fuera algo gestionado en la empresa u organización). Comprobaríamos que no dispersan sus energías en juicios de si el objetivo es posible o imposible: es deseado y ello es suficiente para trabajar con energía e inteligencia. También veríamos que dejan de lado los bloqueos mentales tan comunes en las actividades estructuradas. No existen prejuicios y la gente se centra en hacer bien lo que hacen. Dan lo mejor de sí mismos sin entrar en comparaciones ni en confrontaciones egoístas.
Esto nos lleva a pensar que la participación de los trabajadores no es tan ardua ni tan difícil como se piensa en las empresas y en las organizaciones similares. La participación es natural para el ser humano siempre que, y esto es esencial, sea una participación que le reporta un beneficio. No sólo un beneficio económico (hacemos esta aclaración porque nuestro pensamiento está tan contaminado por el monetarismo que otras retribuciones están ocultas a nuestra percepción) sino, y sobre todo, un beneficio humano.

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