Se nos atraganta el euro mientras las gallinas son más felices

España, gracias al Plan Nacional de Estabilización Económica de 1959, experimentó una larga etapa de crecimiento económico, conocida como el ‘milagro español’, hasta la crisis del petróleo de 1973. Desde entonces y hasta la creación de la moneda única en la zona euro, hemos sufrido crisis económicas, superadas, no sin sacrificios, recurriendo a la devaluación de la peseta.

En ese tiempo aprendí que cuando una economía nacional pierde competitividad, si tiene moneda propia y la devalúa, se inicia un periodo de empobrecimiento que afecta a la mayoría de los ciudadanos. También aprendí que una devaluación de la moneda, aunque dificulta las importaciones, fomenta las exportaciones, al ser la economía nacional más competitiva, contribuyendo a crear empleo y riqueza y a superar las crisis en un tiempo razonable, sobre todo si sus ciudadanos potencian sus ganas de trabajar.

Un país con moneda propia y soberanía económica tiene la capacidad de aplicar programas que estimulen e incentiven el desarrollo de la economía real y la innovación, como pilares en los que se anclan el conocimiento, el esfuerzo y el riesgo empresarial, con el fin de mejorar su competitividad.

Cuando en los 70 sembré la semilla de MTorres, sin miedo al riesgo y al fracaso, tuve la suerte de contar con condiciones externas muy favorables, como eran la desgravación fiscal del 15% por las operaciones de exportación, la posibilidad de aplicar la libertad de amortización de activos durante los 5 primeros años y la exención en el 95% del impuesto sobre beneficios y de la licencia fiscal. Hoy, en el ámbito de la CEE, los jóvenes emprendedores, mejor formados que los de antes, carecen de los apoyos sociales y económicos de los que yo disfruté y actúan en un marco desfavorable, insostenible si queremos garantizar la competitividad.

Los políticos supieron hacer una transición magistral, clave para nuestro desarrollo económico y social que, en mi opinión, se erigió en elemento crucial del ‘milagro español’. Los actuales políticos no alcanzan la altura de aquellos y han convertido a España en “una buena madre con 17 hijos que, por su bondad, trata mejor a los que no la quieren”.

Europa, por sus raíces culturales cristianas, es el continente con más derechos humanos, sociales y políticos, pero no ha sabido adaptarse a las exigencias de un nuevo orden mundial, en transformación continua, y a los desafíos ante los nuevos centros de poder político y económico que representan los países emergentes, con los que tenemos que competir en desventaja, principalmente por el dumping social.

Para que Europa mantenga los logros sociales y sea competitiva, tenemos que trabajar más y mejor. Suiza -que no pertenece a la CEE y tiene moneda propia- ha hecho recientemente un referéndum para pasar de 4 a 5 semanas de vacaciones al año y el 60% de los ciudadanos votaron en contra al considerar que afectaría negativamente a su competitividad.

Los países que tienen moneda propia (Inglaterra entre ellos), tienen problemas económicos y de deuda, como los tienen la mayoría de los países -incluido USA- pero disponen de la capacidad de adoptar medidas óptimas para resolverlos y gestionar eficazmente la crisis, mejorando su productividad y competitividad por la asunción de sacrificios.

Cuando un país de la zona euro no es competitivo ni puede mantener su estado de bienestar basado en las subvenciones y el endeudamiento, y se le interviene o rescata obligándole a tomar medidas muy duras que le empobrecen de forma selectiva -y no equitativa como ocurre en una devaluación- y es preciso aumentar la dosis de medidas, el enfermo empeora en vez de mejorar, cuando lo que necesita es que se le quite la dieta que no puede digerir -el euro- como único remedio de supervivencia.

 

Europa está enferma porque, entre otras cosas, Bruselas es un gran mercadillo del trapicheo, capaz de legislar a favor de los derechos de la gallina, de su derecho a ser feliz y a vivir en una jaula de mayores dimensiones. Esta directiva impone a los granjeros europeos productores de huevos la obligación de llevar a cabo importantes inversiones, quedando, unos, obligados a reducir el número de gallinas ponedoras y, otros, los más pequeños, a cerrar la granja, creando más paro y miseria además de encarecer los huevos. No obstante, el objetivo parece que se ha cumplido y “las gallinas europeas son más felices”.

Urgentemente, hay que ejecutar sin demora y con decisión la salida de la zona de los países que no sean capaces de digerir el euro (entre los que se encuentra España), por el bien tanto de la CEE como de los países que no están ni deben estar en la zona euro.

La grave situación que atraviesa España requiere una nueva transición. El milagro que necesita España en este siglo XXI pasa por que exista un gran gobierno de coalición patriótica, de diversas tendencias sociales y políticas, siguiendo el ejemplo de la primera transición.

Manuel Torres Martínez

Presidente de MTorres

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