Ekonomia

De lo mucho que se ha hablado hasta ahora de la crisis económica hay dos aspectos que resultan sorprendentes: el tratamiento de la economía como una ciencia pura que no admite discrepancias y su carácter aséptico, desvinculado de cualquier ideología.

Parece como si todo lo que nos está pasando sea irremediable, que nadie sea responsable de nada, que nadie sea dueño de su vida y que todos aceptamos resignadamente las consecuencias deshumanizadoras de una enfermedad que nos destruye como personas, como sociedad y como proyecto de un mundo mejor.
Se escamotean las raíces ideológicas de todo lo que nos sucede. Antes de la caída del muro de Berlín la realidad se interpretaba desde la ideología, los errores o los éxitos tenían siempre una expresión comparativa y si las cosas no iban todo lo bien que se deseaban era porque los “otros” frenaban el progreso humano. La desaparición de aquella situación antagónica fue celebrada por las inmensas mayorías (tanto capitalistas como comunistas). Por fin podíamos “largar todo el trapo” y navegar en mar abierto. El único sistema que había superado la prueba de la historia era el capitalista. Y hubo quien anunció “el fin de la Historia”, las confrontaciones ideológicas, tan trágicas y nefastas para el avance de la Humanidad quedaba atrás y era tiempo para comenzar a construir la sociedad perfecta con el modelo perfecto.

El único sistema mundial viable es la economía de mercado que, mediante unas reglas establecidas y sancionadas por la experiencia puede conciliar la libertad individual y justicia social, libre competencia e igualdad de oportunidades.

Progresivamente, el espacio hegemónico que hasta ahora habían ocupado las ideologías lo ocupó el dinero, nunca reconocido como ideología. La exhibición del dinero pasó a ser uno de los principales reclamos mediáticos y sociales, la principal forma “de ser alguien”.

“Los mercados” han ido dejando por el camino a millones de personas sin trabajo, pero hay una explicación científica irrebatible que legitima ese desastre social. Los “mercados” defienden el enriquecimiento rápido de unos espabilados “magos” que trasmutan valores virtuales a decisiones reales que dejan sin dinero a muchos ingenuos ahorradores, trabajadores o propietarios sin que los gobiernos defiendan a los perjudicados como es su cometido sino que, al contrario, defienda y subvencione a los delincuentes financieros. La actual crisis se caracteriza por el hecho de crear una situación en la que los que no tienen deben dinero a quienes no lo necesitan.

Llegados a este punto se puede considerar que la raíz de nuestra situación actual obedece a una ideología de una sola idea, la del dinero. No es el capitalismo regulado, sino la forma más salvaje de capitalismo despojado de cualquier aspiración moral que solo responde a los intereses de lo que podríamos denominar darwinismo social.

Es la dictadura del dinero. Una dictadura totalitaria porque afecta a todo el orden social, a todas las áreas de la vida y solo tiene en cuenta el patrón financiero, las cuestiones sociales, ecológicas, humanas no son sino conceptos buenos para las discusiones filosóficas, temas de tertulia alrededor de una mesa de café pero que son extrañas en el mundo real de las decisiones y los planes ejecutivos.

El aspecto más nocivo y peligros o de este modelo es su opacidad, su anonimato. Nadie sabe a ciencia cierta quienes son los que mueven los hilos del “mercado”, ni siquiera conocemos su ubicación geográfica, ni la sede en la que se reúnen. No tienen el poder tangible sobre el uso de las armas, pero son los que fabrican y venden las armas; no participan en los gobiernos de las naciones pero los gobiernos acatan sus mandatos con perruna lealtad; su poder no se asienta en el dinero que tienen en sus cuentas privadas, por mucho que posean sino que manejan y deciden sobre el dinero de los demás. La economía productiva tan ruda y contundente ya no tiene nada que decir y es la economía especulativa la que ha tomado las riendas del poder. El centralismo de los Krupp, Ford, General Motors, etc ha dejado paso a un sujeto colectivo impersonal que, a falta de mayor precisión, identificaremos como los que manejan del mercado.
Esta dictadura está obligando a los empresarios de la economía productiva a buscar salidas irregulares, a caminar por los senderos oscuros de la desconfianza, las alianzas peligrosas y a enterrar los valores en cuevas y escondrijos.

El circuito de ese poder oculto de los especuladores es especialmente perverso: eliminación de regulaciones sociales, disminución de impuestos a la gente con mayores recursos, bendición de los paraísos fiscales, la corrupción y el fraude fiscal, rechazo de todo espacio público y desprestigio de la política. Ese poder exige que los que gobiernan deben arrodillarse ante las exigencias de los mercados. En nombre del crecimiento ilimitado, exigen el apoyo incondicional a la economía especulativa desprestigiando la propia política y olvidando qué tipo de sociedad y qué tipo de progreso estaban potenciando.
Y aquí estamos, en un mundo narcotizado por el imperio de la codicia. Recordando a Erich Fromm, la cultura del tener desprecia los valores del ser. Así a quien fomente o defienda cualquier otro valor que no sea el del dinero (esfuerzo, responsabilidad, honestidad, cultura) se le recuerda que eso de los valores éticos (solidaridad, generosidad, sensibilidad, empatía) es cosa de ingenuos, sacrílegos o deficientes mentales.
El poder del mercado se basa en una creencia que nosotros hacemos posible con nuestra conducta: somos clientes cautivos, rehenes de nuestra propia avaricia. El modelo se sostiene por nuestra contribución amoral, por nuestra insensibilidad hacia el otro. Estamos a merced del síndrome de Estocolmo. La adoración del dinero nos ha llevado al individualismo egoísta y al consumismo más voraz. Estamos paralizados moralmente y desmovilizados socialmente.

Estamos ante una encrucijada esencial. Ahora más que nunca hemos de tener coraje para mirarnos al espejo y ver qué estamos dispuestos a hacer, como sociedad y como personas. Nos necesitamos todos y necesitamos lo mejor de la política. Si reconocemos el origen ideológico de la crisis, podremos analizar ideológicamente las salidas y debatirlas políticamente. ¿Acaso no fue ideológico permitir al mundo financiero la brutal irresponsabilidad de las hipotecas basura que ha originado esta crisis mundial? ¿Y las soluciones posteriores de financiar a los bancos en dificultades? ¿No actúan ideológicamente los tecnócratas, los gobiernos, el FMI, etc?

Albert Camus nos alertó de que la peste se propaga a través de lo más oscuro del ser humano.

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